Ese miedo que te invade sin pedir permiso antes de bajarte a la noche del colectivo,
que hace que mires para todos lados ni bien te bajás estés en donde estés, que
te recorre todo el cuerpo, que te pisa los pies para que vayas más rápido, que te retuerce los pensamientos y los pinta
de negro, que te toca la espalda para que te des vuelta todo el tiempo. Ese
miedo que ni bien llegás a tu casa y cerrás la puerta, se transforma en alivio.
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